[Verso 1]
Ay de las manos que planean en la noche,
y al alba llaman justo lo que hicieron sin reproche.
Codician la parcela y la arrebatan por poder,
se adueñan de la casa y borran un amanecer.
[Pre-Coro]
Movieron el lindero, expulsaron al hogar,
un nombre y su herencia quisieron sepultar.
[Coro]
Ay de los que maquinan iniquidad,
levantan comodidad sobre otra dignidad.
La medida que torcieron volverá a su umbral,
y el campo que devoran no será suyo al final.
Ay de los que maquinan iniquidad,
el SEÑOR oye al pobre que el fuerte no quiere mirar.
[Verso 2]
Los falsos predicadores dicen: “No anunciéis dolor”,
prometen copa llena mientras roban el sudor.
Prefieren al profeta que bendice su licor,
y tapa con canciones la desgracia del menor.
[Giro]
¿Se ha acortado el Espíritu? ¿No hace bien su voz
al hombre que camina con justicia ante Dios?
Pero arrancan el manto al que pasa en paz,
y expulsan de sus casas a las madres una vez más.
[Puente]
Levantaos y marchaos, este reposo se manchó,
la lisonja no cura lo que el ego destrozó.
Mas Jacob será reunido como ovejas al redil,
un remanente fuerte que ningún tirano hará morir.
[Coro Final]
Ay de los que maquinan iniquidad,
ninguna obra se pierde ante el Juez de la verdad.
El que abre brecha sube, ya se ensancha el portal,
su Rey va a la cabeza, el SEÑOR marcha delante al final.
De campos que les robaron y casas sin calor,
regresa el dispersado junto al gran Pastor.
[Final]
La noche hizo el plan;
la mañana lo reveló.
Sobre el pasaje
Miqueas 2: Quienes se apoderan de tierras se encuentran con otro plan
El capítulo empieza en dormitorios donde la injusticia se diseña antes de ejecutarse a plena luz. Los que tienen poder se apoderan de campos, casas y heredades, solo para oír que Jehová está ideando una calamidad de la que no podrán escapar. La resistencia se vuelve después contra el mensaje mismo: se manda callar a la profecía indeseada, como si el silencio pudiera reparar la conducta que se expone. Miqueas responde describiendo a gente despojada en el camino, mujeres echadas de casas agradables, y niños privados de lo que les pertenecía. Su sátira es especialmente afilada cuando imagina la clase de profeta que tal auditorio preferiría, uno que prometa vino y sidra. Después el tono cambia de golpe. El mismo capítulo que ha visto hogares dispersos termina con un rebaño ruidoso y reunido, un camino abierto, un rey delante de ellos, y Jehová a su cabeza.
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