Apocalipsis 1:3
Bienaventurado el que lee, y los que oyen
El libro da por hecho que se leerá a una sala. La bendición es para el lector y los oyentes antes de que llegue una palabra de la visión.
Versículo por versículo
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El griego presenta a un lector singular y oyentes plurales. Esto sugiere con fuerza una lectura pública, sin exigir que cada oyente posea su propio manuscrito.
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Guardar traduce tereo, custodiar, conservar u observar. Aquí la profecía escrita debe ser atendida, no solamente escuchada mientras se pronuncia.
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La expresión significa cercanía. Las interpretaciones difieren sobre el alcance y cumplimiento de los acontecimientos proféticos, pero el lenguaje mismo comunica urgencia.












La bendición incluye a quienes escuchan. El comienzo de Apocalipsis no reserva su beneficio para la persona que sostiene el manuscrito, mucho menos para un especialista capaz de identificar cada imagen. Uno lee; otros oyen. Antes de cualquier explicación elaborada de sus símbolos, el libro pone sus palabras al alcance de una asamblea.
La frase añade después guardar. Escuchar no se considera un logro completo en sí mismo, y la profecía no queda reducida a información anticipada. Las palabras deben conservarse y observarse. Eso describe cómo espera el libro ser recibido, no autoriza a sustituir sus pasajes difíciles por generalidades agradables. Sus exigencias de conducta pertenecen al mismo texto que sus visiones.
Porque el tiempo está cerca comunica la urgencia inicial. Las distintas lecturas de Apocalipsis discuten cómo se relaciona esa cercanía con acontecimientos concretos, pero no se habla a los primeros destinatarios como si el mensaje concerniera a todos menos a ellos. Las palabras han llegado para que las oigan y guarden. La bendición ofrece un marco notable para un libro tan formidable: la primera escena humana que presenta no es un ejército. Es alguien leyendo en voz alta.