Acerca de esta canción
Acerca de esta canción
Esta canción pertenece a la colección de Miqueas. Hay una grabación disponible para escuchar aquí, con la letra completa más abajo.
- Colección
- Miqueas
[Invocación Profética]
Oíd, pueblos todos; calle la creación,
el Juez deja su santo pabellón.
Los montes se derriten, el valle se abrió,
como cera encendida ante la voz de Dios.
[Verso I]
La herida de Samaria llegó al corazón,
sus ídolos caen, se quiebra su ilusión.
La piedra orgullosa no puede sostener
la paga de su culto ni el poder que quiso ser.
[Estribillo]
El SEÑOR desciende, se inclina la altivez,
lo oculto queda expuesto de una sola vez.
De puerta en puerta corre la verdad:
ninguna muralla cubre la maldad.
[Movimiento II]
Miqueas va descalzo, vestido de dolor,
su llanto no es teatro, su palabra tiene honor.
De pueblo en pueblo avanza la aflicción,
hasta tocar las puertas de la santa población.
[Coro]
El SEÑOR desciende, los montes fluirán,
los valles se dividen, los vigías temblarán.
Cuando el culto se arrodilla ante plata y pedernal,
la ciudad descubre que quedó sin pedestal.
El SEÑOR desciende, la soberbia pierde voz,
y el duelo llega a Sion bajo el juicio de Dios.
[Puente]
Laquis prepara carros para huir del invasor,
Moreset recibe despedida y dolor.
Aczib es un arroyo que promete y no da más,
y la casa distinguida ve su gloria quedar atrás.
[Coro Final]
El SEÑOR desciende, se inclina la altivez,
lo oculto queda expuesto de una sola vez.
Cortad el cabello, levantad lamentación,
los hijos van cautivos lejos de la población.
El SEÑOR desciende, ya no queda disfraz,
solo verdad que cruza la tormenta y la ciudad.
[Coda]
La carga cruzó las colinas,
y el juicio llegó hasta Sion.
Nombrados en esta canciónSamariaMiqueasSion
Sobre el pasaje
Miqueas 1: La herida cruza la frontera
Miqueas comienza con una causa contra Samaria y Jerusalén, pero la escala cambia rápido. Se llama a toda la tierra a oír, los montes se derriten delante del Señor, y Samaria queda reducida en el anuncio de capital a cimientos descubiertos y piedras esparcidas. Después la herida cruza hacia Judá. Miqueas no informa de ese movimiento con frialdad. Él lamenta, y los nombres de las poblaciones se vuelven parte del duelo mediante juegos de sonido, vergüenza, huida frustrada y expectativa defraudada. A Jerusalén no se le permite mirar el derrumbe del norte desde una distancia segura. Al final del capítulo, los carros veloces y los recursos reales han dado paso a la imagen que más importa: hogares que lloran por hijos llevados al cautiverio. El Libro de Miqueas pasa de la perturbación cósmica al dolor local sin tratar ninguna de las dos escalas como menos real.
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