4:18Y como el niño fué grande, aconteció que un día salió á su padre, á los segadores.
4:19Y dijo á su padre: ¡Mi cabeza, mi cabeza! Y él dijo á un criado: Llévalo á su madre.
4:20Y habiéndole él tomado, y traídolo á su madre, estuvo sentado sobre sus rodillas hasta medio día, y murióse.
4:21Ella entonces subió, y púsolo sobre la cama del varón de Dios, y cerrándole [la puerta], salióse.
4:22Llamando luego á su marido, díjole: Ruégote que envíes conmigo á alguno de los criados y una de las asnas, para que yo vaya corriendo al varón de Dios, y vuelva.
4:23Y él dijo: ¿Para qué has de ir á él hoy? No es nueva luna, ni sábado. Y ella respondió: Paz.
4:24Después hizo enalbardar una borrica, y dijo al mozo: Guía y anda; y no me hagas detener para que suba, sino cuando yo te lo dijere.
4:25Partióse pues, y vino al varón de Dios al monte del Carmelo. Y cuando el varón de Dios la vió de lejos, dijo á su criado Giezi: He aquí la Sunamita:
4:26Ruégote que vayas ahora corriendo á recibirla, y dile: ¿Tienes paz? ¿y tu marido, y tu hijo? Y ella dijo: Paz.
4:27Y luego que llegó al varón de Dios en el monte, asió de sus pies. Y llegóse Giezi para quitarla; mas el varón de Dios le dijo: Déjala, porque su alma está en amargura, y Jehová me ha encubierto [el motivo], y no me lo ha revelado.
4:28Y ella dijo: ¿Pedí yo hijo á mi señor? ¿No dije yo, que no me burlases?
4:29Entonces dijo él á Giezi: Ciñe tus lomos, y toma mi bordón en tu mano, y ve; y si alguno te encontrare, no lo saludes; y si alguno te saludare, no le respondas: y pondrás mi bordón sobre el rostro del niño.
4:30Y dijo la madre del niño: Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré.
4:31El entonces se levantó, y siguióla. Y Giezi había ido delante de ellos, y había puesto el bordón sobre el rostro del niño, mas ni tenía voz ni sentido; y así se había vuelto para encontrar á Eliseo; y declaróselo, diciendo: El mozo no despierta.
4:32Y venido Eliseo á la casa, he aquí el niño que estaba tendido muerto sobre su cama.
4:33Entrando él entonces, cerró la puerta sobre ambos, y oró á Jehová.
4:34Después subió, y echóse sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre sus ojos, y sus manos sobre las manos suyas; así se tendió sobre él, y calentóse la carne del joven.
4:35Volviéndose luego, paseóse por la casa á una parte y á otra, y después subió, y tendióse sobre él; y el joven estornudó siete veces, y abrió sus ojos.
4:36Entonces llamó él á Giezi, y díjole: Llama á esta Sunamita. Y él la llamó. Y entrando ella, él le dijo: Toma tu hijo.
4:37Y así que ella entró, echóse á sus pies, é inclinóse á tierra: después tomó su hijo, y salióse.
Los aperos del arado terminan como leña. La despedida tiene una contundencia muy concreta: la yunta pone la carne, los instrumentos ponen el fuego y la gente come lo que poco antes tiraba del arado. El pasaje no dice que Eliseo sacrificara las doce yuntas ni que toda aquella labor fuera de su propiedad. Una basta para marcar la ruptura. Su respuesta al manto no es un discurso sobre una vida transformada. Algo cambia de verdad en el campo.
La breve respuesta de Elías no viene con indicaciones de tono. La explicación inequívoca está en los actos de Eliseo: regresa, prepara la comida, se levanta y lo sigue. Luego la frase termina con una palabra mucho más discreta que aquella hoguera: servir. El sucesor empieza como servidor. Cuando un rey necesita después a un profeta, Eliseo es identificado como el hombre que vertía agua sobre las manos de Elías, en 2 Reyes 3:11. Antes del río dividido viene el agua para lavarse.