4:6Edificamos pues el muro, y toda la muralla fué junta hasta su mitad: y el pueblo tuvo ánimo para obrar.
4:7Mas acaeció que oyendo Sanballat y Tobías, y los Arabes, y los Ammonitas, y los de Asdod, que los muros de Jerusalem eran reparados, porque ya los portillos comenzaban á cerrarse, encolerizáronse mucho;
4:8Y conspiraron todos á una para venir á combatir á Jerusalem, y á hacerle daño.
4:9Entonces oramos á nuestro Dios, y por causa de ellos pusimos guarda contra ellos de día y de noche.
4:10Y dijo Judá: Las fuerzas de los acarreadores se han enflaquecido, y el escombro es mucho, y no podemos edificar el muro.
4:11Y nuestros enemigos dijeron: No sepan, ni vean, hasta que entremos en medio de ellos, y los matemos, y hagamos cesar la obra.
4:12Sucedió empero, que como vinieron los Judíos que habitaban entre ellos, nos dieron aviso diez veces de todos los lugares de donde volvían á nosotros.
4:13Entonces puse por los bajos del lugar, detrás del muro, en las alturas de los peñascos, puse el pueblo por familias con sus espadas, con sus lanzas, y con sus arcos.
4:14Después miré, y levantéme, y dije á los principales y á los magistrados, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos: acordaos del Señor grande y terrible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas.
4:15Y sucedió que como oyeron nuestros enemigos que lo habíamos entendido, Dios disipó el consejo de ellos, y volvímonos todos al muro, cada uno á su obra.
4:16Mas fué que desde aquel día la mitad de los mancebos trabajaba en la obra, y la otra mitad de ellos tenía lanzas y escudos, y arcos, y corazas; y los príncipes estaban tras toda la casa de Judá.
4:17Los que edificaban en el muro, y los que llevaban cargas y los que cargaban, con la una mano trabajaban en la obra, y en la otra tenían la espada.
4:18Porque los que edificaban, cada uno tenía su espada ceñida á sus lomos, y así edificaban: y el que tocaba la trompeta estaba junto á mí.
4:19Y dije á los principales, y á los magistrados y al resto del pueblo: La obra es grande y larga, y nosotros estamos apartados en el muro, lejos los unos de los otros:
4:20En el lugar donde oyereis la voz de la trompeta, reuníos allí á nosotros: nuestro Dios peleará por nosotros.
4:21Nosotros pues trabajábamos en la obra; y la mitad de ellos tenían lanzas desde la subida del alba hasta salir las estrellas.
4:22También dije entonces al pueblo: Cada uno con su criado se quede dentro de Jerusalem, y hágannos de noche centinela, y de día á la obra.
4:23Y ni yo, ni mis hermanos, ni mis mozos, ni la gente de guardia que me seguía, desnudamos nuestro vestido: cada uno se desnudaba [solamente] para lavarse.
El cargo aparece al final. Solo después de las lágrimas, el ayuno y la larga oración, Nehemías se identifica como copero del rey. Hasta entonces, la distancia importante no separa a un funcionario de la gente común. Separa a un hombre dentro del palacio de Susa de una comunidad cuyas puertas han ardido. Pregunta por ella antes de recibir encargo alguno de ir allí.
Su oración no comienza dejando toda la culpa a unos antepasados ausentes. Incluye su propio pecado y el de su familia. La confesión lo incorpora a la historia del pueblo, aunque las murallas dañadas estén lejos. Tampoco pide que Dios pase por alto el pacto que explica la dispersión. Le pide que lo recuerde, incluida la promesa de reunir a quienes regresen. La misma palabra que revela la infidelidad sostiene su petición.
Entonces la oración se concentra. Desde el cielo, las naciones, Moisés y la poderosa mano de la redención, llega a pedir misericordia delante de este hombre. Ese hombre es el rey. El puesto de Nehemías explica cómo puede producirse tal encuentro, pero la oración ya ha colocado al emperador en su justa escala. Posee una enorme autoridad terrenal. Delante del Dios del cielo, sigue siendo este hombre.