3:13Entonces Nabucodonosor dijo con ira y con enojo que trajesen á Sadrach, Mesach, y Abed-nego. Al punto fueron traídos estos varones delante del rey.
3:14Habló Nabucodonosor, y díjoles: ¿Es verdad Sadrach, Mesach, y Abed-nego, que vosotros no honráis á mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado?
3:15Ahora pues, ¿estáis prestos para que en oyendo el son de la bocina, del pífano, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña, y de todo instrumento músico, os postréis, y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo: ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?
3:16Sadrach, Mesach, y Abed-nego respondieron y dijeron al rey Nabucodonosor: No cuidamos de responderte sobre este negocio.
3:17He aquí nuestro Dios á quien honramos, puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará.
3:18Y si no, sepas, oh rey, que tu dios no adoraremos, ni tampoco honraremos la estatua que has levantado.
3:19Entonces Nabucodonosor fué lleno de ira, y demudóse la figura de su rostro sobre Sadrach, Mesach, y Abed-nego: [así] habló, y ordenó que el horno se encendiese siete veces tanto de lo que cada vez solía.
3:20Y mandó á hombres muy vigorosos que [tenía] en su ejército, que atasen á Sadrach, Mesach, y Abed-nego, para echarlos en el horno de fuego ardiendo.
3:21Entonces estos varones fueron atados con sus mantos, y sus calzas, y sus turbantes, y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo.
3:22Y porque la palabra del rey daba priesa, y había procurado que se encendiese mucho, la llama del fuego mató á aquellos que habían alzado á Sadrach, Mesach, y Abed-nego.
3:23Y estos tres varones, Sadrach, Mesach, y Abed-nego, cayeron atados dentro del horno de fuego ardiendo.
3:24Entonces el rey Nabucodonosor se espantó, y levantóse apriesa, y habló, y dijo á los de su consejo: ¿No echaron tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron y dijeron al rey: Es verdad, oh rey.
3:25Respondió él y dijo: He aquí que yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego, y ningún daño hay en ellos: y el parecer del cuarto es semejante á hijo de los dioses.
Babilonia se lleva a quienes saben hacer funcionar un país. Príncipes, guerreros, artesanos, herreros: la lista no está de adorno. Jerusalén pierde a sus dirigentes, su fuerza militar y las manos capaces de reconstruirla. Quedan los más pobres, pero las instituciones que los rodeaban han sido llevadas al destierro. Una ciudad puede conservar habitantes y perder buena parte de su capacidad para mantenerse en pie.
El oro recibe el mismo trato. Los utensilios que Salomón hizo para el templo terminan cortados en pedazos, pero la frase concluye señalando que así lo había dicho el SEÑOR. Esa breve aclaración impide que Babilonia imponga también el significado de su victoria. Nabucodonosor ha conquistado Jerusalén; el Segundo Libro de los Reyes no concluye que haya conquistado al Dios de Jerusalén. La derrota pertenece al juicio que la palabra profética ya había anunciado contra Judá.
El último acto es un cambio de nombre. Nabucodonosor no elimina el trono de inmediato. Elige a su ocupante y cambia el nombre de Matanías por Sedequías. Un descendiente de David todavía reina en Jerusalén, pero otro rey decide hasta cómo se llamará. La corona permanece. Su independencia, no.