Lucas 5:1-11
Apártate de mí, que soy hombre pecador
Tras una noche sin nada, echa las redes por la palabra de un carpintero y las redes se rompen. Su reacción ante la pesca no es gratitud sino miedo, y pide que lo dejen solo.
Versículo por versículo
- 5:3
La Reina Valera dice que le rogó que lo desviase de tierra un poco. Jesús pide un favor al dueño del barco antes de pedirle nada más.
- 5:5
La decisión de actuar por su palabra vincula la acción de Pedro con la palabra de Dios que la multitud vino a escuchar en 5:1.
- 5:8
Isaías 6:5-8 presenta una secuencia comparable: exposición ante la santidad divina, confesión y misión. Lucas no reproduce todos los detalles de la experiencia de Isaías.
- 5:10
El griego anthropous significa personas o seres humanos. La misión no se limita a los varones.
- 5:11
El abandono ocurre después de la pesca exitosa. Lucas no presenta una barca vacía como la razón para seguir a Jesús.


















La primera reacción de Pedro ante la pesca no es proponer un negocio. Una red se rompe, dos barcas empiezan a hundirse, y el hombre que conoce el oficio está de rodillas hablando de pecado. Ese giro inesperado es el centro del pasaje. El milagro no solo mejora su opinión sobre lo útil que podría resultar Jesús. Cambia su percepción de quién está en su barca. Lucas comienza con una multitud que se agolpa para oír la palabra de Dios; después, esa palabra llega a un pescador como una instrucción que contradice la experiencia de toda una noche. Ya están lavando las redes. La jornada infructuosa ha terminado. Actuar por su palabra significa volver al trabajo, no fingir que la noche había dado otros resultados.
No hace falta convertir a Pedro en un pescador incompetente para engrandecer a Jesús. El pasaje le atribuye socios, equipo, experiencia y un informe perfectamente razonable: no han pescado nada. No ha fallado su esfuerzo. Lo que lo sobrepasa es la autoridad que ahora habla. Hasta la abundancia trae dificultades concretas: hay que pedir ayuda mediante señas, y la segunda barca queda tan cargada como la primera. Lucas no ofrece una ilustración ordenada sobre cómo aumentar las ganancias. La respuesta de Pedro lleva el relato a algo mucho más profundo. Pide que el Señor se aparte de él porque es un hombre pecador. La confesión recuerda la forma de Isaías 6, donde la visión del Señor revela la impureza del profeta antes de que reciba su misión. Los escenarios son distintos, pero el orden importa en ambos: encuentro, confesión y luego una tarea que procede de Dios, no de un aspirante muy seguro de sí mismo.
Jesús responde a la petición de distancia llamándolo a su compañía. A la prohibición de temer sigue un desde ahora: se asigna un futuro precisamente al hombre que acaba de declararse indigno. La misión tiene que ver con personas, no con pescas mayores. Hechos 2:41 da expresión pública y concreta a ese cambio de oficio cuando unas tres mil personas reciben la palabra apostólica y son bautizadas; la casa de Cornelio, en Hechos 10, amplía el alcance más allá de Israel. Nada de eso convierte los peces de la orilla en una alegoría que deba descifrarse uno por uno. El contraste final basta. Lo dejaron todo después de llenar las barcas, no porque el negocio ya no tuviera nada que ofrecer. Pedro deja la pesca. Sigue a quien la proporcionó.