2:1Y ENTRÓ otra vez en Capernaum después de algunos días, y se oyó que estaba en casa.
2:2Y luego se juntaron á él muchos, que ya no cabían ni aun á la puerta; y les predicaba la palabra.
2:3Entonces vinieron á él unos trayendo un paralítico, que era traído por cuatro.
2:4Y como no podían llegar á él á causa del gentío, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.
2:5Y viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados.
2:6Y estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales pensando en sus corazones,
2:7Decían: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?
2:8Y conociendo luego Jesús en su espíritu que pensaban así dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué pensáis estas cosas en vuestros corazones?
2:9¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, ó decirle: Levántate, y toma tu lecho y anda?
2:10Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de perdonar los pecados, (dice al paralítico):
2:11A ti te digo: Levántate, y toma tu lecho, y vete á tu casa.
2:12Entonces él se levantó luego, y tomando su lecho, se salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron á Dios, diciendo: Nunca tal hemos visto.
La interrupción le da a la enseñanza una demostración estremecedora. Antes del grito del espíritu, los presentes ya habían notado autoridad en las palabras de Jesús. Después de su salida, esa misma palabra, autoridad, vuelve a la conversación. La orden ha hecho lo que la enseñanza parecía capaz de hacer. No se trata de hablar más fuerte. La voz más ruidosa del lugar pertenece al que tiene que salir.
El espíritu inmundo identifica correctamente a Jesús: el Santo de Dios. Eso no vuelve bienvenida su intervención. Acertar en la identidad no concede permiso para hablar, y Jesús no solicita su testimonio ni le permite imponer las condiciones del encuentro. La congregación todavía intenta comprender lo que tiene delante; el espíritu hostil lo reconoce y se resiste. Conocimiento y lealtad no son equivalentes. Entretanto, el hombre no queda reducido a una ilustración que se desecha al terminar el argumento. La orden exige que el espíritu salga de él. Capernaum escucha una enseñanza con autoridad, pero alguien en aquella sinagoga experimenta esa autoridad como liberación.